lunes, 2 de noviembre de 2015

RELATOS - "ENTRE TINIEBLAS"

La oscuridad de la noche dominaba en su cuarto —alumbrado, únicamente, por el débil halo de luz que emitían las velas de un hermoso menorá—. En frente del caserón, un pequeño y solitario parque verjado, mecía sus altos árboles bajo una llovizna silenciosa. Su sueño era plácido; embriagador. Envuelto en un estado de ensoñación, se enroscaba felizmente a su enorme almohada. Pero, de repente, todo cambió. El cielo tronó con ira, iluminando la alcoba con la luz de sus descargas. Las maltrechas hojas del ventanal de madera se abrieron violentamente de par en par, golpeando la pared y haciendo trizas sus cristales. Las raídas cortinas de seda dorada que antes decoraban el cuarto, volaron por él. Ante los embates de la tempestad, la tenue luz del menorá —que descansaba en una mesita cercana a la entrada—, murió al instante, cayendo a plomo en el alfombrado suelo.


Aún así, no despertó de su idilio. Mas sí soltó, segundos después, su confortable almohada. Parecía ser presa ahora de una agónica pesadilla. Los dedos de sus manos —como los de sus pies—, empezaron a moverse bruscamente, creando formas aberrantes, angulares y enfermizas. Mientras eso ocurría, su delgado cuerpo se estremecía, siendo manejado por convulsiones extrañas. Su sudor caía frío, lentamente por la frente. Sus ojos, aprisionados bajo unos hinchados párpados, se movían a ritmo frenético —de un lado, a otro; de arriba, abajo—. Así, hasta que al final, los liberó. Nervioso, con las pupilas inyectadas en sangre, se giró con rapidez sobre sí mismo varias veces —de izquierda, a derecha; de derecha, a izquierda—. Sin percatarse de la situación que lo rodeaba. Entonces, un sentimiento singular lo embargó.

Sin pensarlo, extendió su brazo izquierdo y, con la mano temblorosa... apartó de su vista el dosel del lateral izquierdo de su cama. Atónito por el dantesco panorama en el que estaba sumido su cuarto, detuvo un instante su mirada cerca de la entrada. Justamente, a la altura de la mesita que hacía de cómoda y que ocupaba anteriormente el menorá. Paralizado, pudo apreciar sobre ella una estremecedora sombra con forma de niña. Segundos después, una sonrisa demoníaca surgió de la nada. Al borde del infarto, pegó un salto hacia el cabecero de su cama, agarrándose con fuerza al mismo mientras gemía de pavor. Segundos después, las sábanas se humedecieron con su miedo, y la luz de un fugaz relámpago iluminó por completo aquella figura. Fijamente. Sin extinguirse.

Dos pequeñas trenzas asomaban tiesas por cada uno de los lados de su redonda cabeza, siendo dinteladas por enormes lazos de color púrpura. Un enorme flequillo negro caía por su frente, perfilando el borde de sus ojos. Éstos, eran dos fulgurantes destellos de luz roja; pero de un rojo como de otro lugar. Su cara era rolliza, y tenía la tez parda, pareciendo estar veteada. Vestía en la parte superior con una pechera grisácea, formada en su interior por rostros inconexos que se movían erráticamente. Por último, unas enaguas abombadas le daban un satírico aspecto infantil. No cabía duda de lo que tenía en frente suya. Aquella diabólica muñeca de madera, con cara y cuerpo de niña, le miró lascivamente con sus infernales ojos, moviendo la cabeza en pequeños círculos concéntricos; sin quitarle ojo. Extendió sus brazos pausadamente hasta formar con ellos y su cuerpo, una cruz. Acto seguido, abrió sus manos y en ellas se modelaron dos enormes cuchillos de filos brillantes.

Clavó su mirada en él. Este, sin saber por qué, dejó de sentir al momento terror en su interior. Frente a esa sensación anterior, una punzada de melancolía surgió en su corazón. E, inconscientemente, saltó de la cama como un resorte para plantarse ante ella. Se quedó inmóvil, observándola. Sus miradas se encontraron, y sin mediar palabra, un sentimiento de atracción brotó en el aire. Ambos, sonrieron ligeramente. Sentía un deseo irrefrenable en él, y acercó las manos lentamente hacia aquellos desnudos hombros redondeados. Ella notó un escalofrío, y una lágrima recorrió su mejilla. Sin mediar palabra, puso los cuchillos en alto, y le asestó dos duras puñaladas. Una en el pecho. Otra, en el corazón. La sangre comenzó a brotar en abundancia, salpicando sus cuerpos mientras él gritaba de dolor, ahogándose en su metálico sabor.

Se desangró por completo, y su cuerpo se deslizó por las hojas de los cuchillos hasta caer muerto en el suelo. Ella se quedó mirándole allí tendido, después cerró los ojos con esperanza, y esperó. En aquel cuerpo bañado completamente en sangre, sin vida, un aura cálido se fue condensando a su alrededor. Cuando éste se intensificó, el cuerpo desapareció, y de sus cenizas, un alma en forma de títere emergió. Pausadamente, aquel ente que terminó de tomar forma, observó sus manos prensibles de madera, para después, alzar la vista y encontrarse con ese rostro sonriente empapado en lágrimas al que enseguida reconoció. Hali, su amada un tiempo atrás, le abrazó entonces con fuerza, y en su cabeza resonó una palabra que encendió por completo su mente: Dian. Su propio nombre. Se reconoció así mismo

Abrazados, reencontrándose de nuevo, comprendió entonces lo que había pasado. Hali, le había ayudado a regresar de entre los vivos. Desde hacía un tiempo que no recordaba, se había sentido recluido en sí mismo. Había estado viviendo contra su voluntad en el cuerpo de un ser que no era el suyo: el de un ser humano. No recordaba el porqué, ni cómo había sucedido. Quizá —intuía—, habría sido una imposición divina, impuesta, como castigo, por su naturaleza maligna. Pero, aunque no era consciente de la verdadera razón, sabía con certeza que ahora era libre; que volvía a ser él mismo. Más tarde, averiguaría la historia real de manos de Hali —pues suponía, ella lo sabría—. En ese momento, no le preocupaba. Tenía un nuevo camino que emprender, sin echar la vista atrás.

La tormenta amainó afuera, se acercaron al destrozado ventanal, y desgarró parte de la cortina que había en el suelo para así vestirse con ella. Admiraron un momento la brillante luna, que resplandecía triunfante tras los efímeros nubarrones. Reinando en el cielo. Saltaron, atravesando el hueco del ventanal, cayendo en el húmedo jardín. Cruzaron el umbral del pórtico que daba entrada a la parcela del lúgubre caserón, y avanzaron por el camino de piedra que conducía hacia el desolado parque. Debían llegar a él y atravesarlo, para toparse con la aldea colindante. El mismo infierno ardía en ellos, como su pasión y sed de sangre. Por lo que, qué mejor manera de honrar su regreso y apagar sus deseos, que darse una orgía de sexo y sangre con sus aldeanos. De esa manera, al mismo tiempo, saciaban su apetito y conseguían lo más importante: reescribir la historia de la humanidad, expandiendo la semilla del diablo, entre los habitantes.

*Publicado en Lektu dentro de la antología de terror, especial para Halloween, organizada por Vuelo de Cuervos; con el nombre de "Muñecos Malditos".